Frente a mi pasan las madres de la mano de sus hijos rumbo al colegio, los ejecutivos caminando apurados con el celular pegado al oído, las adolescentes riéndose por cualquier cosa, el albañil de cara curtida, gente que se quiere y se odia sin atreverse a decirlo… en fin, todos los estereotipos habidos y por haber y todos ellos con algo en común: caminan mirando para adelante como burros en la noria.
Y yo aquí, observándolos tras el ventanal limpio e inmenso como en una pecera; sentada inexpresivamente en un escritorio nuevo, moderno e impersonal.
Una lástima, me hubiese gustado que alguien lo ocupase antes que yo y hubiese dejado rastros de sus garabatos, sus apuntes y su agenda para la semana que viene. Hubiese ayudado a sentirme menos sola y aburrida.
Como el trabajo no es muy exigente, las horas marchan lento; por lo que me entretengo inventando historias sobre las personas detrás de la ventana.
Imagino a la señora dejando sus hijos en el colegio pensando en lo que podría haber sido su vida si no se hubiese casado con el primer novio, pienso en el ejecutivo que debe ganar una cuenta a como de lugar para evitar ser suplantado por otro candidato mas joven, pienso en esa pareja con cara triste porque el amor se ha ido, etc.
Tal vez algún día piense historias con finales felices.
Mis compañeras son bastante mayores, pacatas y santurronas. Hablan de los hijos, de la comida, de lo que vieron ayer en Intrusos, de que degenerada es Nazarena Velez, etc etc. Imposible entablar una conversación porque afortunadamente desconozco absolutamente todos esos temas y además porque tampoco me dan cabida en su círculo, es mas, me ignoran completamente. Mejor así.
El miércoles pasado vinieron a visitarme mis ex compañeras del club y no se si fue intencional o casual pero se fueron mas extravagantes que nunca.
Maquilladas como para el teatro, con plataformas altas como rascacielos, minifaldas diminutas, tops sin corpiño y uñas pintadas al rojo vivo. Estaban tan escandalosamente divinas que no pude evitar abrazarlas.
Nos fuimos a almorzar al barcito de enfrente y cuando nos vimos en el reflejo de una vidriera nos echamos a reír. Me decían que yo con mi trajecito gris, la camisa blanca y el pelo recogido parecía una vendedora de biblias que acudió a salvar sus almas y que si no me conocieran bien tal vez hasta las podría engañar. No les creí, a ellas no las engaña nadie.
Lo mejor de todo fue volver a la oficina y ver a mis nuevas compañeras reunidas susurrando bajo con caras todavía estupefactas. Creo que fue un acontecimiento tan inolvidable que tendrán tema de conversación durante meses.
La próxima semana viene el dueño, aún no lo conozco porque está de viaje pero dicen que es bastante exigente y riguroso, a pesar de ser un hombre joven.
Su mujer ha venido un par de veces a la oficina “a ver si hay algo que firmar”.
Ella es de las personas que impacta apenas la ves porque, si bien no es linda, es muy elegante, refinada y se viste exquisitamente bien.
Apenas me vio pidió que le llevara un café. Cuando entré a su oficina me recorrió con la mirada de arriba abajo e hizo un signo de aprobación con la cabeza, lo que me tranquilizó bastante.
Espero acostumbrarme a esta rutina. Tengo que hacerlo.
Tengo que convertirme en una pequeña burguesita que ahorra para comprarse el último celular, para salir los fines de semana y para hacerse la planchita en la peluquería.
Ojalá que cuando eso suceda todavía me acuerde de mí.
Y yo aquí, observándolos tras el ventanal limpio e inmenso como en una pecera; sentada inexpresivamente en un escritorio nuevo, moderno e impersonal.
Una lástima, me hubiese gustado que alguien lo ocupase antes que yo y hubiese dejado rastros de sus garabatos, sus apuntes y su agenda para la semana que viene. Hubiese ayudado a sentirme menos sola y aburrida.
Como el trabajo no es muy exigente, las horas marchan lento; por lo que me entretengo inventando historias sobre las personas detrás de la ventana.
Imagino a la señora dejando sus hijos en el colegio pensando en lo que podría haber sido su vida si no se hubiese casado con el primer novio, pienso en el ejecutivo que debe ganar una cuenta a como de lugar para evitar ser suplantado por otro candidato mas joven, pienso en esa pareja con cara triste porque el amor se ha ido, etc.
Tal vez algún día piense historias con finales felices.
Mis compañeras son bastante mayores, pacatas y santurronas. Hablan de los hijos, de la comida, de lo que vieron ayer en Intrusos, de que degenerada es Nazarena Velez, etc etc. Imposible entablar una conversación porque afortunadamente desconozco absolutamente todos esos temas y además porque tampoco me dan cabida en su círculo, es mas, me ignoran completamente. Mejor así.
El miércoles pasado vinieron a visitarme mis ex compañeras del club y no se si fue intencional o casual pero se fueron mas extravagantes que nunca.
Maquilladas como para el teatro, con plataformas altas como rascacielos, minifaldas diminutas, tops sin corpiño y uñas pintadas al rojo vivo. Estaban tan escandalosamente divinas que no pude evitar abrazarlas.
Nos fuimos a almorzar al barcito de enfrente y cuando nos vimos en el reflejo de una vidriera nos echamos a reír. Me decían que yo con mi trajecito gris, la camisa blanca y el pelo recogido parecía una vendedora de biblias que acudió a salvar sus almas y que si no me conocieran bien tal vez hasta las podría engañar. No les creí, a ellas no las engaña nadie.
Lo mejor de todo fue volver a la oficina y ver a mis nuevas compañeras reunidas susurrando bajo con caras todavía estupefactas. Creo que fue un acontecimiento tan inolvidable que tendrán tema de conversación durante meses.
La próxima semana viene el dueño, aún no lo conozco porque está de viaje pero dicen que es bastante exigente y riguroso, a pesar de ser un hombre joven.
Su mujer ha venido un par de veces a la oficina “a ver si hay algo que firmar”.
Ella es de las personas que impacta apenas la ves porque, si bien no es linda, es muy elegante, refinada y se viste exquisitamente bien.
Apenas me vio pidió que le llevara un café. Cuando entré a su oficina me recorrió con la mirada de arriba abajo e hizo un signo de aprobación con la cabeza, lo que me tranquilizó bastante.
Espero acostumbrarme a esta rutina. Tengo que hacerlo.
Tengo que convertirme en una pequeña burguesita que ahorra para comprarse el último celular, para salir los fines de semana y para hacerse la planchita en la peluquería.
Ojalá que cuando eso suceda todavía me acuerde de mí.